Primeras aproximaciones sobre la llegada al otro lado del mundo

Noemí S. Rabbia (*)

Bakú es la capital y ciudad más poblada de Azerbaiyán, un país para muchos desconocido que se ubica a la vera del Mar Caspio, en el Cáucaso. Comparte fronteras con Armenia, Georgia, Rusia e Irán, ubicándose en lo que mi maestro de sexto grado, el señor Walter, me enseñó se llamaba Eurasia.

Si nunca escucharon hablar de este país, sólo para que se den una idea, hay al menos 13 mil kilómetros de distancia entre Rosario y Bakú por carretera, aunque si yo tardé 30 horas en auto y avión, por ruta creo que el arribo puede resultar un tanto más denso y complicado. Por qué les hablo de este país, se dirán. Pues bien. Bakú fue la primera ciudad fuera de Argentina donde viví y aprendí o confirmé varias cosas que hoy quiero compartir con ustedes.

En primer lugar, llegar al otro lado del mundo es –a veces inevitablemente– una experiencia terrorífica. Pueden ser 3 mil kilómetros (Brasil), 6 mil y tantos (Colombia) o, como fue mi caso alguna vez, más de 13 mil (Azerbaiyán). Siempre creí que cuanto mayor la distancia más numerosos los temores; quizá fuera miedo de principiante. Bah, el tiempo y los viajes posteriores me confirmaron que era efectivamente miedo de principiante porque lo que asustan no son las distancias necesariamente.

El tan mentado choque cultural del que todos hablan al vivir en el exterior puede ser uno de esos tantos factores que alimentan el miedo. Por eso, poder comunicarse es importante, para derrumbar barreras, para no sentirse tan solo y sopesar algunos miedos si es posible.

Así que como les decía, llegar al otro lado del mundo puede ser una experiencia terrorífica. Con el tiempo sin embargo el cuerpo se acostumbra, la mente –que es un músculo que necesita ser ejercitado para la vida– comienza a abrirse y uno se va despojando del miedo a lo raro e incierto y el aprendizaje comienza.

Los desafíos más grandes casi siempre vienen de la mano de la vida cotidiana, de todas esas cosas que en el Instituto de Idiomas nos enseñaron y no les dimos bola porque pensamos que eran aburridas –aunque no por ello menos útiles.

Así las cosas, un día llegamos al supermercado y descubrimos que aunque podemos decir con elocuencia: “The Beatles are the mos oustanding band ever” con perfecto acento británico no sabemos cómo pedir un kilo de carne al señor del mostrador o preguntarle al taxista cuándo sale un viaje hasta…

Entonces, en este proceso de derribar temores y mezclarse con lo nuevo, abrir la mente y comunicarse, el tema de saber idiomas parece ser una muleta esencial. Saber inglés es sin dudas una herramienta fundamental a la hora de viajar. Considerado como el lenguaje universal de los negocios, no importa cuánta reticencia o resistencia uno le ponga, es una lengua destinada a continuar ganando terreno a nivel mundial.

Recuerdo que una vez viajé a Georgia, un pequeño país de Europa del Este cuya capital es Tiblisi. A diferencia de Azerbaiyán –cuya lengua oficial es el azerbaiyano, la segunda lengua más hablada es el ruso y por lo lejos le sigue el inglés– los georgianos, especialmente los jóvenes, se llevan mucho mejor con el inglés y uno puede hasta encontrar muy buenos hablantes que ofrezcan ayuda en la calle.

Así y todo, tomar el metro en la capital del país resultaba un completo dolor de cabeza ya que las indicaciones estaban sólo escritas en el idioma natal (yo lo llamo espagueti language) y ni siquiera en ruso, debido a una disputa entre ambos países que ha hecho mella en la historia y la cultura.

Mi segunda visita a dicho país fue la que hubiese deseado para la primera porque el gobierno de la capital se había encomendado a la tarea de adicionar a todas las señalizaciones su respectiva traducción en inglés y fonética, para hacer fácil la vida de los visitantes. Georgia aprendió la lección, un segundo idioma es una herramienta útil para todo viajero.

Eso me lleva a otra cuestión, o quizá dos. La primera de ellas es la técnica de aprendizaje y la segunda es la vergüenza. Respecto de la primera, los años de estudio y noñez orgullosa me han enseñado que a todos no nos funciona el mismo medio de enseñanza. Es importante conocer nuestras limitaciones así como encontrar la manera de darles la vuelta.

Yo por ejemplo, soy inquieta y distraída y luego de varios intentos de ensayo y error he entendido que para mí hay sólo dos cosas fundamentales para aprender un idioma: motivación y disciplina.

Con esto quiero decir, como no soy una persona utilitarista, así pierda la oportunidad laboral de mi vida, si no me interesa no lo hago. Suena caprichoso, por supuesto, pero ahí está, como dije antes, la clave es conocerse y encontrarle la vuelta. El método que me funciona para la inquietud por su parte es no hacerlo muy demandante; por eso tomo cursos o hago lecciones autodidacticas una, como mucho dos veces a la semana, no más de una o una hora y media por día. De forma constante. ¿Alguna vez han pensado cuál es su método de aprendizaje ideal?

Finalmente, les hablaba de la vergüenza. No hay mejor manera de aprender un idioma que usándolo. No hace falta solamente viajar sino que hay miles de formas: clubes de conversación, participar en clase, repetir en voz alta, escuchar canciones y aprender las letras son tan sólo algunas de las formas que se me ocurren.

El principal obstáculo en la mayoría de ellas es el miedo a la equivocación y la vergüenza a participar, practicar, hablar que ello acarrea. Ese siempre fue uno de mis principales enconos. Con el tiempo, decidí pensar en los errores al hablar como oportunidades de aprendizaje. Pues claro, fuera de clases les puede pasar que alguien los corrija todo el tiempo y eso no está bueno, pero lo cierto es que la mayoría de la gente no hace eso porque sabe que no es fácil vencer las inseguridades.

En conclusión, las barreras idiomáticas puede ser un gran desafío, más aún cuando los gestos tienen un significado diferente dependiendo de la cultura. Si se tiene oportunidad, hay que esforzarse para derribar los muros del idioma. El resultado no siempre será el esperado. Ahí es donde nos enfrentamos a otros dos grandes enemigos como el prejuicio y la intolerancia. Por eso, una vez tendidos los puentes a través del idioma puede que quieran recordar abrir la mente. De ahí en más, sólo podremos volvernos mejores, un poco más libres y completos.

*Noemí es Redactora independiente, escritora y analista internacional.
Puede leer más de sus historias en: segunpico

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